Lo que hemos vivido y aprendido determina la manera en que nuestro cerebro filtra la multiplicidad de estímulos que recibimos (lo que percibimos) de modo que se ajuste a un patrón conocido. Este mecanismo del cerebro determina que, frente a una misma realidad, cada uno de nosotros veamos e interpretemos algo diferente. Muchas veces esto es incluso algo generado sólo por una “deformación profesional”. De manera muy simplificada, si un mismo predio de nuestra cordillera se presenta frente a un ingeniero agrónomo, lo primero que pensará será: “suelo clase I y II, propongo agricultura; clase III y IV, propongo ganadería; clases V, VI y VII uso forestal,…”. Su amigo forestal pensará: “bosques en suelos con pendientes suaves o moderadas: son bosques productivos; aquellos en pendientes fuertes, son para conservación”.